jueves, 8 de noviembre de 2007

Esta casa era una ruina

Un programa para recuperar las ganas de ver y de hacer televisión.

Y que lo diga yo ya es mucho, porque odio la televisión como medio de comunicación precisamente por haber dejado de lado esa su función para convertirse en un mero espectáculo donde todo vale y del que casi casi nunca se consigue sacar nada bueno. Menos en esta ocasión; y es que verdaderamente dan ganas de sentarse a ver este programa en familia o en compañía de tu pareja y darse cuenta de que aún hoy siguen quedando personas que disfrutan ayudando a los demás y que, por tanto, se preocupan por los demás, no sólo por sí mismos. Hasta merecería la pena pagar por ver un programa así, sabiendo que estamos contribuyendo a esa labor, a esa ayuda que reciben muy de vez en cuando algunas de las muchas personas que la necesitan y que se mueren esperándola mientras los que podemos ayudar nos pasamos el tiempo en el cine, en la discoteca o, peor aún, quemando rueda y poniendo en peligro a personas totalmente ajenas a la gran inbecilidad y egocentrismo que demostramos a veces (muchas veces, en algunos casos).

Como periodista, considero que supondría para mí (como debería ser para todas las personas de esta profesión) una enorme satisafación y un gran honor el hecho de poder participar alguna vez en mi vida en un programa de este estilo; una gran oportunidad de sentirse realizada, de sentir que has contribuido en cierto modo a mejorar el mundo, que has puesto tu granito de arena, una razón por la que poder decir esa famosa frase: "ya me puedo morir tranquila".

Los habitantes del primer mundo seguimos derrochando y continuamos con este costoso y egoista e insano tren de vida con el que no hacemos más que condenar a los inocentes del llamado tercer mundo a que no sólo no consigan nunca salir de ese atolladero y avanzar, sino que se alejen aún más de esa salida, llegando ya a convertirse en un cuarto mundo, como dicen algunos, debido a la grandísima e insalvable distancia que los separa de por vida de nuestra confortable calidad de vida. No tenemos en cuenta o no nos importa (espero que no sea eso último) que todo esto se mantiene gracias a que ellos siguen existiendo, sí, los pobres, los que mueren de hambre o de sed, los que no saben lo que es una bañera caliente, un desayuno en familia con tostadas recién hechas y la televisión de fondo o una cama cómoda y con sábanas limpias; los que no conocen lo que significan los posesivos, la propiedad, la intimidad, el respeto, las oportunidades, las ilusiones, los sueños y los deseos. Aún más allá, no hay que irse lejos de nuestra propia casa para encontrar a gente que vive (malvive es lo más correcto) como tercermundistas. Y la realidad es que todos los que disfrutamos de este costoso ritmo de vida, que ha dejado de ser un lujo para convertirse en una exigencia, somo culpables de que existan todas estas desigualdades y no hacemos nada para cambiarlo; que pese en nuestras conciencias por toda la eternidad.

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